La ruta del cimarrón. Reseña histórica de la presencia negra en Ecuador

El pasado viernes 28 de noviembre se presentó, en la librería Abya-Yala, el libro La ruta del cimarrón, de Antonio Ayoví. En el evento participaron Alejandro Bolaños, Antonio Ayoví y José Juncosa, director de Abya-Yala, quien hizo un comentario del libro que compartimos a continuación.

El antropólogo Jonathan Friedman afirma que, en realidad, cuando hablamos del pasado nos referimos inevitablemente al presente. En efecto, cuando hacemos memoria intentamos modelar el presente y lo hacemos en base a objetivos situados en el aquí y ahora. Un historiador, todo historiador, quiera o no, traerá pasados que golpean las puertas del presente.
Por ejemplo, cuando los blancos europeos se aferraron al legado de los griegos, lo hicieron para reafirmarse a sí mismos en base a la negación y el rechazo del enorme legado cultural y filosófico de los pueblos islámicos que los amenazaban en las fronteras del Este Europeo. La amenaza islámica no fue tan solo militar sino también cultural, religiosa y epistémica y aquella operación europea fue tan eficaz que perdura aún hoy la puesta en escena del mundo islámico (también africano) como el distinto, el Otro absoluto y percibido emocionalmente como el mayor peligro para la integridad de la identidad eurocéntrica.

Aferrarse a la tradición griega fue una operación mediante la cual Europa mutiló su pasado al no reconocer como suyo otros legados. Aquel pasado, que nos persigue todavía hoy, soporta un presente de negación, de extirpación violenta de lo propio pues el islam, el mundo árabe nos atraviesa y nos constituye. Aquella operación violenta arrancó de nosotros ese legado y es la base hoy un presente de cierre de fronteras, exclusión, y genocidio (como lo ocurrido en Gaza).
Esa operación cultural y cognitiva se extendió luego a los pueblos africanos, a la negación de su legado civilizatorio que atraviesa los siglos e hizo posible en muchos sentidos la civilización europea.
Antonio Ayoví Nazareno, en su libro, también recurre al pasado, pero con objetivos diferentes. Me pregunto qué quiere hacer en el presente con ese pasado, qué quiere lograr con él al ponerlo en escena frente a nosotros. Estoy seguro de que sus intenciones no son las mismas de las de aquel intento europeo de reafirmación mediante la negación de otros. Veo en sus líneas una intención de traer el pasado como una reafirmación y reclamo en el presente en los siguientes términos:
En primer lugar, se entiende, entre líneas, que la esclavitud explica el presente de desigualdad general en el Ecuador y en América Latina y que ella ha generado un orden de acumulación todavía vigente. Los trazos de aquella esclavitud se evidencian en el actual y todavía vigente orden de desigualdad que se acentúa y que no logramos revertir. Frente a ello, la memoria del pueblo libre de Esmeraldas a través de la articulación de las comunidades cimarronas de Esmeraldas constituye la expresión del deseo de libertad, dignidad e igualdad en el presente, aún pendientes. Aquel deseo no se expresa en la realidad de hoy.
En segundo lugar, la memoria de las contribuciones del pueblo negro a la economía y al comercio del Ecuador, a las luchas independentistas y republicanas, a su participación en los conflictos históricos entre conservadores y liberales en los cuales fueron usados como carne de cañón, trae al presente la enorme capacidad de adaptación y versatilidad del pueblo negro para integrarse, reconocerse, articularse entre sí y aportar con trabajo y creatividad a los diversos aspectos de la vida nacional. Esta memoria hace patente en el ahora la enorme desproporción entre ese legado y un marco actual y vigente de desigualdad y marginación.

Avanzado el libro, el autor traza un panorama de la Negritud sumamente pertinente al verla como movimiento y expresión existencial que va de lo cultural a lo político a la vez que evidencia, en el desarrollo histórico y discusiones que le dieron forma, las tensiones y falta de continuidad entre luchas culturales, luchas raciales y luchas sociales. Reafirma, además, que la Negritud es la “expresión permanente del alma negra”. No se trata entonces de una fase a superar de la conciencia sino una realidad vigente tal como lo afirma Lilyan Kesteloot: “En este sentido el alma negra pertenece a todos los tiempos y no puede ser superada, como lo han pretendido Sartre y sus seguidores”. Su libro, entonces, trae al presente el grito por una Negritud con poder y agencialidad para disputar hoy sentidos culturales, sociales, económicos y políticos.
¿Y nosotros, los blancos y mestizos de hoy, en qué lugar del libro estamos? ¿Cómo nos situamos respecto a esa memoria? En efecto, los blancos y mestizos solemos complacernos en leer obras como estas como si no tuvieran que ver con nosotros o porque se refieren al pasado o porque hablan de otros a quienes no consideramos ‘nosotros’ y a los, en último caso, hay que apoyar y comprender.
No es un asunto de condescendencia. Se trata de redefinir esa identidad difusa y resbalosa que constituye el mundo blanco y mestizo. Desde esta otra lectura, la obra nos remite a un pasado que explica nuestros privilegios del presente y el mayor acceso a mejores oportunidades por no ser los sujetos blancos y mestizos sujetos racializados (o tal vez no tan racializados). Las exclusiones y desigualdades que vivimos desde estas posiciones seguramente no son las mismas que viven los niños y niñas, los hombres y mujeres, ancianos y ancianas afroamericanas. La obra reclama a los blancos mestizos a no vernos como sujetos ajenos a la situación respecto al pueblo negro: su situación tanto del pasado como del presente nos concierne, nos atraviesa, nos implica, nos define, nos constituye desde un lugar social diverso. Ese pasado, también nos habla a nosotros en nuestro presente.
Finalmente, la Negritud, esa ‘alma de todos los tiempos’, es también una fuerza incluyente y abarcadora porque, atraviesa de muy diversas maneras el alma de todos los pueblos que comparten el Ecuador. El legado de la Negritud nos envuelve a todos y todas desde distintas posiciones estructurales sin menoscabo de la plenitud y la potencia que caracteriza la negritud de los pueblos afroamericanos. Está en nosotros, viva y latente, y reclama de cada uno respuestas muy específicas y puntuales.
Los blancos y mestizos nos hemos negado y privado del legado de la Negritud no sin daños e impactos profundos. Esa privación fue una suerte de mutilación que menoscabó capacidades de imaginar otras formas de relacionarnos, pensar, producir, compartir, de vislumbrar otros mundos… Recuperar esa alma nos hará personas más completas y comunidades más vivas.
La invitación no escrita y latente de esta obra, de escritura ágil al mismo tiempo que densa y rigurosa, consiste en que allí donde la esclavitud ha tejido el presente, una sociedad sin conciencia de la Negritud que le concierne es una sociedad que se hiere a sí misma.

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