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UN SORPRENDENTE VIAJE HACIA UNA SELVA QUE PIENSA Y QUE SIENTE

Acaba de publicarse el libro Cómo piensan los bosques, de Eduardo Kohn. El libro, originalmente escrito en inglés, ha sido traducido al español y publicado en coedición Abya-Yala, de Ecuador y Hekht, de Argentina. El libro fue presentado el 11 de marzo con la colaboración de la Carrera de Antropología de la Universidad Politécnica Salesiana. Uno de los participantes en el foro, Daniel Ruiz Serna, nos comparte el texto de su presentación.

Dejarnos pensar por selvas pensantes

Daniel Ruiz-Serna

En 1524, Antonio Pigafetta, uno de los 18 sobrevivientes de aquel primer viaje alrededor del mundo que comandó el navegante Fernando Magallanes, describió uno de esos extraños seres que encontraron en su paso por las selvas de Filipinas.

“En esta isla también se encuentran algunos árboles, que tienen algunas hojas extrañas: cuando caen en el suelo vuelven a la vida y caminan. Son como hojas de morera, pero no tan largas ya que tienen el peciolo corto y en la punta del peciolo tienen a cada lado dos pies. Si son tocadas ellas escapan, pero si son aplastadas no sueltan sangre. Guardé una hoja durante nueve días en una caja. Cuando la abrí, no tuve tiempo ni de mirar mientras huía. Creo que viven del aire”.

Hojas de árboles que usan sus patas para caminar parecen ser, para muchos de nosotros, realidades difíciles de aceptar, pero no lo eran hace algunos siglos cuando los hombres de ciencia que viajaban por el mundo reportaban la existencia de basiliscos (serpientes gigantes que podían matar con la sola mirada) o los temidos blemmias, una raza homínida sin cabeza ni cerviz y que tenía el rostro incrustado a la altura del pecho. Hoy sabemos que la hoja caminante a la que se refería Pigafetta es uno de esos insectos-palo que pertenecen al orden Phasmida, unas criaturas fascinantes que han aprendido a imitar la forma, color y textura de las plantas con las que co-habitan. Eduardo menciona estos insectos en su libro para mostrar cómo lejos de ser una propiedad exclusiva de las mentes humanas, la interpretación de signos es una actividad que se encuentra en la base de la vida misma, de forma que cada ser, incluyendo plantas, animales e incluso espíritus, emerge y participa de una intrincada red de significaciones que componen una ecología de subjetividades. La forma que los insectos-hoja han llegado a desarrollar durante generaciones, por ejemplo, es un tipo de adaptación evolutiva que funciona como un signo que captura las propiedades de su mundo circundante, las plantas, e incluso parte del mundo perceptual de sus posibles predadores pues el éxito de estos insectos radica en imitar la realidad, tal y como sus cazadores la perciben desde sus propios puntos de vista.

Pero no es de los argumentos semióticos de lo que quiero hablar. Ya tendrán ustedes tiempo de exponerse a ellos cuando trasieguen a través de las hojas, también vivientes, que componen esta nueva versión de Cómo Piensan los Bosques, una traducción que los hispanohablantes nos merecíamos desde hacía rato y que hoy, tras muchos años de duro trabajo (me consta), finalmente ve la luz. Y por eso quiero felicitar a todo el equipo editorial de Abya-Yala y a Mónica, la traductora, por todo este enorme trabajo.

De lo que prefiero hablar es de esos viajes que, como los de Pigafetta, cambian el mundo, o la visión que de él nos hemos forjado. Eduardo Kohn es el guía excepcional de uno de esos viajes, un viaje selvático que él mismo emprendió hace ya algunos años acompañado de otros guías igualmente hábiles: los Runa. Un viaje que continua ahora de la mano de la gente de Sarayaku y de otros pueblos indígenas de la Amazonia que saben, o que siempre han sabido, que la selva piensa, que nosotros nos podemos pensar a través de ella, y aún más importante, que bajo condiciones adecuadas la selva se piensa a sí misma a través de nosotros.

Dejarse pensar por la selva significa entregarnos a otras formas de hacer y de ser, es entregarse con confianza a otras prácticas en el que el control y el dominio no son los objetivos, es ejecutar una suerte de danza con muchos seres no-humanos, una coreografía de muchas subjetividades en la que los sueños, las imágenes y el juego se aseveran los mejores instrumentos para pensar y para dejarse pensar.

Lejos de ser una propiedad exclusivamente humana, anidada en procesos epistémicos como el juicio, la razón o la lógica, los pensamientos emergen en conjunción con el mundo, en concierto con esos arreglos ecológicos más amplios de los que los humanos somos solo un actor más, y no siempre el más poderoso. Ecología aquí tiene que ver con el hecho de que ningún organismo existe de manera autárquica sino siempre en relación con otros. No se trata solo de relaciones de mutua dependencia sino de relaciones que son en sí mismas constitutivas de los seres y que llegan, incluso, como en el caso de los insectos-hoja, a inscribirse en sus propios cuerpos. Ser es siempre ser en compañía de otros y los bosques, que son más que una congregación de especies, son lugares que amplifican esta realidad. La Amazonía es un lugar excepcional, al igual que lo son otras selvas que, aunque cubren solamente el 14% de la superficie del globo, albergan la mitad de todas las especies de animales y plantas vivas del planeta. Con todo y su excepcionalidad, estos bosques no son sino arreglos ecológicos que amplifican esas propiedades inherentes que tiene la vida para pensarse, es decir, los bosques exacerban, acentúan o hacen aún más evidente esa capacidad de los seres vivos para sostener relaciones transformativas, de mutuo florecimiento y de co-constitucionalidad. Pero relaciones transformativas, de mutuo florecimiento y de co-constitucionalidad, es decir, relaciones ecológicas, son susceptibles de ser cultivadas por doquier, incluso en las selvas salvajes que hacen las veces de nicho de la población urbana del planeta.

El viaje que nos propone Eduardo, que no es sino la continuación de esos otros viajes que se han vuelto condición de vida de los pueblos amazónicos, es un viaje al interior de una selva sintiente y pensante, un viaje para afinar o acordar nuestras formas tan humanas de ser en el mundo con sinfonías más amplias, con coros cuyas voces cantan en tonalidades que aún necesitamos aprender a reconocer. En estos tiempos de extinción y de crisis ambiental en el que se nos ha exigido el aislamiento social como forma de protección, es necesario volverse un instrumento de la selva, es decir, hay que enmontarse, encimarronarse, embolatarse en el monte y en la maraña, volverse más silvestre. Por ello, más que aislarnos necesitamos entregarnos a la selva y a su forma, porque conocer la selva no es nombrarla de principio a fin, ni conocer la posición de todos sus recovecos. Conocer la selva es haberse perdido en ella y haber salido medianamente transformados.

Conocer bien la selva no se hace a través de esos viajes de exploración y reconocimiento que tanta fama trajeron a esos exploradores coloniales. Un buen viaje, a mi parecer, no persigue reconocer e inventariar cosas sino dejarse cautivar por ellas, es decir, dejarse sorprender y dejarse capturar por lo que uno va encontrando en camino. Es este tipo de viajes los que nos llevan a aceptar una de esas premisas básicas del trabajo de Eduardo: el mundo es un lugar encantado. Y el encanto de la selva radica no tanto en que ella se encuentre habitada por seres que se resistan a ser entendidos dentro de la matriz del conocimiento moderno, sino en su poder de revelarnos mejores formas de habitar el futuro. ¿Y cómo puede la selva propulsarnos hacia el futuro? Ella nos ayuda a notar que los humanos somos una provincia más entre el vasto territorio de seres que piensan y representan, y a darnos cuenta de la importancia de entender cómo nos ven esos otros habitantes no-humanos, pues saber cómo ellos nos representan es la mejor manera de insertarnos en la cadena de pensamientos de la selva. Si no participamos del orden de sus ideas silvestres, vamos a terminar siendo excluidos, confinados y aislados, tal y como nos ha puesto un virus que con maestría logró saltar de su mundo selvático a la ecología de nuestros cuerpos. Si no logramos cultivar ideas silvestres y modos montaraces de ser en el mundo, terminaremos por convertirnos en unos huérfanos desprovistos de las conexiones que nos hacen realmente humanos, de las relaciones vitales que facilitan nuestro florecimiento como verdaderos homo sapiens, primates que piensan, homínidos que se dejan pensar.

Cómo piensan los bosques ha inspirado una generación de antropólogos que como yo sienten que la pregunta fundamental de estos tiempos no es tanto qué significa ser humano, ni centrarnos en los rasgos de nuestra supuesta excepcionalidad, sino comprender el tipo de encuentros a través de los cuales los humanos nos forjamos y florecemos como tales. Estos encuentros encantan, se producen a diario con muchos otros, algunos de los cuales tienen forma y hábitos humanos. Estos encuentros revelan que la forma simbólica y humana de habitar el mundo no es prenda de garantía para nuestra supervivencia en este planeta herido.

El encanto de la selva tan finamente descrito por Eduardo está siendo puesto en peligro por los conjuros del extractivismo y de la guerra, así como por los sortilegios lanzados por quienes agencian relaciones racistas, discriminatorias, explotadoras, desiguales e injustas con los pueblos que habitan estas selvas. Y es este desencanto generado por las relaciones de violencia lo que exploro en mi propio trabajo en Colombia, un país sumido en una guerra que no sólo afecta los derechos de los humanos sino también las posibilidades de ser y de florecimiento que animales, espíritus y plantas pueden encontrar en sus mundos selváticos.

En las selvas del Chocó, esa área biogeográfica compartida por Ecuador y Colombia, he aprendido que la guerra no es una experiencia exclusivamente humana y que otras subjetividades deben pensarse también como sujetos de justicia y reparación. La guerra ha hecho que los dueños espirituales de los animales escondan las presas que la gente solía cazar, también ha hecho que seres malvados del monte tengan ahora más fuerza, o que las muertes violentas terminen por alterar las cualidades de los lugares que la gente habita, creando una desarmonización entre individuos, comunidades y territorios. Este tipo de eventos dan cuenta de una composición del mundo en el que territorios y comunidades amplias de humanos y otros seres no-humanos llegan a ser lo que son a partir de las asociaciones que son capaces de forjar. Lo que sucede cuando entidades espirituales dejan de manifestarse o cuando fuerzas malignas que residen en el monte se activan por culpa de la violencia armada, es un tipo de injusticia, pero una forma de injusticia que no puede ser contenida dentro de las nociones liberales de derecho puesto que abarca los sufrimientos de ecologías y entidades no-humanas, los cuales, solo muy recientemente, han empezado a concebirse dentro de algunos marcos jurídicos como algo más que propiedad, tal y como lo hace la Constitución ecuatoriana. La selva piensa, la selva también sufre y nuestros marcos jurídicos legales, tan centrados solo en los derechos humanos, sólo hasta ahora están tratando de actualizarse con esa realidad.

Ruth Benedict, una antropóloga pionera de la primera mitad del Siglo XX, dijo alguna vez que el propósito de la antropología era el de hacer del mundo un lugar seguro para la diversidad humana. Creo que esto ya no es suficiente porque la seguridad de la que puede gozar la humanidad no está desligada del bienestar del que pueden gozar las multitudes de presencias, seres y personas no-humanas con las que los humanos somos. Para que el mundo vuelva a ser un lugar seguro para la diversidad de vidas y pensamientos que se extienden más allá de los humanos, tenemos que reconsiderar nuestros hábitos de pensar y sintonizar nuestros pensamientos con esa mente enorme que nos sobrepasa. Cultivar mejores ideas es también cultivar otro tipo de prácticas, es la mejor manera de volverse susceptibles a los pensamientos que la selva forja sobre nosotros. Al dejarnos pensar por ella encontraremos otra forma de habitar el mundo y mejores consideraciones éticas para vivir en una era de cambios irreversibles. Ese es el don y el legado, más que modesto, que Eduardo y su libro entregan al futuro viviente.

Daniel Ruiz-Serna es antropólogo formado en Colombia (Universidad Nacional), Bélgica (Universidad Católica de Lovaina) y Canadá (Universidad McGill). En esta última trabajó bajo la supervisión de Eduardo Kohn en una tesis doctoral que recibió el premio a la mejor disertación de la Asociación de Estudios Latinoamericanos -LASA- en 2019, así como la Medalla de Oro de la Gobernadora General de Canadá. En la actualidad es becario postdoctoral en el Departamento de Antropología de la Universidad de Colombia Británica y en el Centro de Historia Oral y Humanidades Digitales en la Universidad de Concordia.